A principios de año, resulta tentador apoyarse en gran medida en soluciones futuras o tecnologías emergentes. Aunque estas pueden desempeñar un papel importante con el tiempo, muchas organizaciones consideran que el mayor progreso se consigue centrándose primero en las emisiones que ya son visibles y sobre las que se puede actuar en sus propias operaciones y cadena de valor. Basar los planes en lo que se puede influir hoy en día suele conducir a prioridades más claras y resultados más creíbles.
Enero suele ser un mes en el que se cierran los informes del año anterior y se planifica el siguiente. Es un buen momento para redefinir las expectativas en torno a los datos. En lugar de aspirar a obtener conjuntos de datos perfectos o exhaustivos, muchos equipos se benefician de centrarse en los datos que respaldan las decisiones, el aprendizaje y la mejora. En esta fase, la claridad y la estructura suelen ser más importantes que la exhaustividad.
Antes de que las responsabilidades se consoliden o las agendas se llenen, todavía hay margen para acordar cómo se distribuye el trabajo de sostenibilidad entre los distintos puestos, equipos y socios. Cuando la responsabilidad se comparte desde el principio, el trabajo suele integrarse mejor en la toma de decisiones diaria y se percibe menos como una tarea independiente que se realiza al final del año.
Ninguno de estos puntos se refiere a hacer más por hacer. Se trata de establecer una dirección clara desde el principio y evitar los errores más comunes más adelante. En los tres casos, hay un elemento fundamental que siempre es importante: datos fiables, comparables y lo suficientemente útiles como para respaldar decisiones reales a lo largo del año.
Conseguir una base sólida facilita todo lo que viene después. Para muchas organizaciones, una forma práctica de comenzar el año es obtener una visión clara de su desempeño en materia de sostenibilidad, lo que les ayuda a priorizar las acciones y orientar las decisiones desde el principio.